I was never loyal, except to my own pleasure zone

Está tocando Placebo en Madrid ahora mismo. Cuando me enteré de que se dignaban a tocar en concierto propio en Madrid, por primera vez desde 2003 (concierto de la gira del Sleeping Ghosts al que fui con mi hermana, con dieciséis añitos pintarrajeados en la cara para que en la puerta de La Riviera no me pidieran el DNI), hice un corte de manga magistral a la pantalla del ordenador. Cuando vi que la gente se compraba la entrada y comentaban que uy, que qué bien, “Después de todo, 12 años sin pisar Madrid” o “¡Pero si tocarán sus canciones míticas!“, reproducía más cortes de manga mentales frente a cada uno de los argumentos por los que la gente se animaba a ir. En su día, hará un año y algo, ya resumí la base de este resentimiento tan sentío, por Facebook:

Madre mía, Placebo. Eres la mayor decepción de mi vida.

Eres ese amor platónico del que no tenías medida (Without You I’m Nothing), junto al que viviste tus primeros orgasmos personalizados (Black Market Music), al lado del cual descubriste el bizarrismo como encanto adolescente (el homónimo Placebo), con el que te iniciaste en la madurez del oscurantismo electrónico pasional (Sleeping Ghosts) y con quien incluso persististe, con encanto inocente, tras darte cuenta de que empezabais a ir por caminos distintos (Meds)…

….y al que te encuentras por la calle años más tarde, cercano a los cuarenta, en un intento de atractivo pero circulando sistemáticamente detrás de jovencitas por debajo del cuarto de siglo, socarrón, marcándosele las primeras arrugas al reírse de sus propias bromas de mierda, incitándote a revivir cenizas de lo que fue en su día y ahora reproduce con un tufo pestilente, graso, sórdido.

Vamos, que esos discos de Placebo y yo somos un poco tal que la misma cosa. Me sé hasta el último de sus detalles, podría recitar su lírica sin ninguna necesidad de ir acompañado de música y el asunto es tan, tan sentimental, que de ahí la decepción y el firme arraigo a mis principios, que me los dañaron cual tierno himen y violación desmedida.

¿Qué pasa con los amores de tu vida que terminaron en desengaño? Que la ambivalencia siempre estará presente. No puedes odiarles, porque si les amaste, al recordarles el sentimiento se vuelve a hacer presente, aunque sea en menor medida. Y tampoco puedes sumergirte en amarles de nuevo porque querrás volver a tenerles, mientras recuerdas que no les tienes porque decidieron abandonarte cual abuelo en una gasolinera, así que la aversión se hace presente y, con ella, el odio. Todo esto, claro, en función del pico que alcanzaras y, por eso, brutalmente directamente proporcional.

Por suerte estoy hablando de un grupo y de determinados discos suyos, así que siempre puedo volver a ponerme esos discos y rememorar, con la misma intensidad, todo eso que me dieron. Luego ya me acuerdo de lo impresentable, incoherente e imperdonable que me pareció el giro de actitud personal y musical y les dedico de nuevo un corte de manga magistral, lleno de dolor.

A veces soy de un cursi…

Dicho sea de paso, ayer cacé esta puesta de sol desde casa. Me dieron ganas de abrir la boca y dirigirme hacia esas nubes cual comecocos, hostia.

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Mar y mayo.

Una de las canciones que más me ha gustado siempre de Nine Inch Nails es ésta.

Es una auténtica pasada escucharla a la orilla del mar, además. Uno piensa que puede ser la redundancia máxima, pero no, casa de maravilla con el resto de sonidos que la propia naturaleza te da en ese instante. Una de las cosas que más me fascina son las notas de piano con las que comienza. Trató de asemejar el movimiento del agua, de las olas; siempre he creído que se inspiró en los picos del agua que se menean bailando de forma pícara cuando el mar está un poco picado para sacar el ritmo de esa melodía de piano que la canción mantiene constante. Me parece que el cabronazo supo concentrar y transmitir perfectamente el mar en los cuatro minutos y poco que dura la canción. Tiene un sinfín de matices (¿qué es Reznor sino matices?) y si ya de por sí el mar es una metáfora para medio millón de cosas, aquí adivinas un mensaje de calma, tormenta y/o la representación de ambas, pero pudiera ser cualquiera de las tres opciones y seguiría siendo creíble. Ese in crescendo industrial característico de sus canciones que sólo él sabe cómo hacer para que la emoción se eleve por encima de todo lo demás. El todo, encajado de tal manera que sólo te sale pensar que nada sobra y nada falta, y un “Qué cabrón” al final.

(Aún a día de hoy intento cantar todas las melodías y ritmos que se dan a la vez en una canción. Voz, guitarra, bajo, batería, teclado… es un tipo de ansia esquizofrénica no aún catalogada)

En fin, que La Mer es como un masaje en el cerebro. Y si pillas brisa, en fin.

Bendito mar.

He estado unos días en casa y, como siempre, haya la temperatura que haya, dormir con la ventana abierta es un must. Dormirse oyendo las olas. Supera eso, heroína.

Hi there, fear

Hace dos años andaba comiendo un tonel de cuscús con cosas mientras veía un capítulo de Mad Men. Es decir, uno de esos momentos del día que sigo queriendo disfrutar a solas, y dudo que sea una costumbre que quiera cambiar en años venideros. Tú, comida, un capítulo de una serie que te gusta. Del pack “momentos a solas, gracias”. Me quedaba medio plato y medio capítulo cuando vi que me estaba llamando mi madre por teléfono. Hay ciertos momentos del día, básicamente hasta las siete u ocho de la tarde, en los que tiemblas un poco si ves que te llama algún familiar. Sobre todo, o al menos, si vives a más de cien kilómetros de los más directos.

Me pregunta, con tono resuelto y en el que es difícil apreciar preocupación, que si estoy sentada. Ya puedes decir eso cantando sevillanas, la respuesta inmediata es que sí, pero que qué demonios pasa, preparando el cuerpo para uno de esos momentos vitales para los que la sociedad occidental está de todo menos mentalmente preparada. “Estamos en el hospital, tu padre tiene un trombo pero no te preocupes, están poniéndole un tratamiento para que se disuelva y eso es todo. Te llamo para que lo sepáis, ved si bajáis a Almería, estará tocadillo unos días y bueno, mirad a ver trenes hoy o mañana…”. La información es poder, sí, y una hija de la gran puta, también. Los que no somos medicinos, enfermeros o algo que se le parezca a tratar con sangre, vísceras y todas estas historias de bata blanca nos creemos la información que tenga que ver con ésta tal y como nos la dicen, porque no hay tu tía a sacar más conclusiones de la nada. En ese momento, oyendo a mi madre, me creí a pies juntillas que vale, que mi padre tenía un trombo (no sabía dónde) pero que estaba todo controlado. Colgué, llamé a mi hermana, me repitió que sí, que bueno, que la información era que parecía estar todo controlado y que a ver de qué manera bajábamos rápido a casa, para estar con él unos días.

Yo no podía saberlo, pero acababa de comenzar un período de ocho meses en el que cada minuto el terror, caos e incertidumbre eran los que gobernarían, sumiéndonos en una pompa alternativa en la que el mundo, tal y como lo conocíamos hasta entonces, había dejado de existir. A partir de entonces, daba igual lo que comías, las horas que dormías, el cansancio que llevabas encima, en qué ciudad estabas. Finito a todo eso de creer que tenías controlado el porvenir del siguiente día.

Nos gastamos mil euros en comprar dos billetes de avión que salían en menos de dos horas hacia Almería. Hice una maleta rápida y básica, pensando en que estaría una semana en casa o en el hospital, haciendo compañía a mi padre, el cual, por supuesto, iba a vivir, según la información recibida. No había aparecido aún la palabra ictus, ni infarto cerebral, ni UCI, ni secuelas, ni traqueostomía, ni Córdoba, ni el más ligero apunte a que nunca más volvería a ver y escuchar a mi padre como hasta entonces había hecho durante 26 años. Qué va, por dios. Estaba todo controlado.

Descendí dando tumbos hasta Nuevos Ministerios, donde había quedado con mi hermana para ir al aeropuerto, y en el camino llamé a mi madre para saber cómo andaba todo. Todo que, por supuesto, estaba controlado. Iba tranquila, sosegada, confiada.

Pero mi madre no me cogió el teléfono. Ni esa ni las diez veces que la llamé por minuto, de camino a Nuevos Ministerios. Llegué al andén del Cercanías, vi la cara de mi hermana y podríamos decir que ahí empezó todo. Den rienda suelta a los nervios, al dolor de tripa, de cabeza, a la tensión, a una clase de miedo que yo jamás pensé que se podía experimentar. Las cosas no estaban bien. Las cosas iban cada vez peor. La información llegaba a gotas, mi madre parecía superada y a cada minuto que pasaba crecía la hipótesis de que no sabíamos si mi padre saldría con vida de aquella. De repente el trombo estaba en el cerebro. De repente mi hermana, colgando el teléfono, en la cola de embarque del avión, me dice que me vaya preparando para lo peor, porque empieza a ser una opción muy probable. Que el trombo está en la zona más complicada del cerebro, que el tipo de ictus es el más peligroso y el que menos porcentaje de supervivencia tiene. En esas entramos en el avión, y una última llamada al borde de la insistencia de la azafata para que apagáramos el móvil declara que la situación de mi padre es tal que necesita un procedimiento que no está disponible en esos momentos ni en Almería, ni en Granada, ni en Murcia. Que se lo llevan a Córdoba en ambulancia y cagando hostias, porque sólo hay un margen de tiempo disponible. Córdoba está a 400 km de Almería. Mi hermana y yo estamos a punto de despegar hacia Almería. Qué hostias hacemos en un avión yendo a un lugar del que se están llevando a mi padre, el cual está en coma, y en limbo de la vida y la muerte.

Los 50 minutos de avión no los recuerdo. Algo así como mirar un punto fijo del suelo mientras mi hermana y yo nos hemos dado la mano, creo. Y cuando lleguemos, ¿qué? ¿cómo vamos a Córdoba a las once de la noche en tiempo récord? Tuvimos que coger un taxi. No había astros alineados que fueran mejor opción que esa. Así que, de un salto del avión al taxi, nos embarcamos en tres horas a 120km/h, por la misma carretera por la que con una hora de diferencia había pasado una ambulancia a 160km/h, lluvia incluida, con mi padre, mi madre, dos médicos y dos enfermeros dentro. El procedimiento de marras que veían como última opción para salvarle la vida sólo podía hacerse si llegaban en tiempo récord al hospital de marras de Córdoba. En esas tres horas de viaje en taxi debimos adelgazar tres kilos. Cuando no rompía a llorar de pura desesperación e incertidumbre mi hermana lo hacía yo. No sé qué hubiera sido de nosotras si no hubiéramos estado juntas en cada uno de los infiernos como ese que tuvimos que atravesar a partir de ese maldito mediodía. Y tampoco sirve de nada saber cómo vas o no a reaccionar en un momento así: la necesidad es tan primaria y tan básica que sencillamente sacas toda la fortaleza de la que eres capaz. Creo que hasta recé. No lo descarto. Sólo quería poder ver a mi padre vivo, aunque fuera una última vez. En esos momentos sólo te acuerdas de la última vez que hablaste con él, de lo que le dijiste, de que no le dijiste que le querías.

Llegar a Córdoba a las dos de la mañana, hospital gigantesco, ni un alma en los pasillos, perdernos, tardar la vida en localizar a mi madre, localizarla finalmente y que, cuando nos vea, nos diga “Se nos va, me han dicho que se nos va”. Retengo esa imagen y ese tono de voz como el fin del mundo, entrar en modo bloqueo, la mente en blanco y un único pensamiento: “No está pasando esto”.

La siguiente retahíla de momentos brutales sigue con la misma intensidad, si acaso con más cansancio, desesperación y desconfianza que los del primer día. Vivir durante ocho meses en un planeta aparte en el que nunca puedes descansar porque, sencillamente, nunca nada está controlado, te deja tan débil como perspicaz, tan sensible como fuerte; asumes que después de ocho meses así nunca vas a volver a ser la persona que eras.

“¡El trombo se ha disuelto, contra todo pronóstico!”… “No se conocen las secuelas, sigue en coma. Pudiera ser que no despertase jamás o que, aunque lo hiciera, fuese un vegetal enganchado al respirador artificial y no tuviese conciencia.”

“¡Ha despertado, la conciencia parece tenerla intacta!”… “Siguen sin conocerse las secuelas. Quizá no pueda volver a andar, o a hablar. Recuerden que sigue respirando por el agujero que le han hecho en la tráquea, por el puto cuello.”

“¡Le sacamos de la UCI y le subimos a planta mañana, a que empiece el proceso de recuperación, le cierren la tráquea y blablabla! … “Recuerden que 2 de cada 5 pacientes con este ictus recaen de nuevo, sufren hemorragia cerebral y las probabilidades de que sobreviviera a algo así son nimias, tienen Ud. que vigilarle por si ocurriera en planta, día y noche”

Y bueno, sumemos las diez cagadas monumentales de médicos y/o enfermeros que hicieron que bajase a la UCI cuatro veces más, dos de ellas con la sentencia firme de “Suerte”, tras doce horas de espera interminable a que se pasara el médico a determinar por qué coño había entrado en coma, y etc, etc, etc… mientras tú habías estado todas esas horas desesperada, al lado de su cama, sin saber qué le ocurría.

Hace poco, en medio de una Malasaña a reventar de gente y con una lata de cerveza al fresco, tuve una conversación de cómo, a menos que a quien se lo cuentes haya vivido algo de características similares, es muy difícil empatizar o entender en un 10% qué es vivir algo así. De cómo, a la mínima, es fácil sumergirte en un papel de víctima, bien porque te corones tú como tal o bien porque el resto se encargue de hacerlo. De cómo es imposible que, tras algo así, no cambies. Y de cómo empiezas a escuchar The Eels y eso suaviza un poco el dolor. A veces las cosas son muy fáciles de entender.

Las conclusiones de este infierno crónico que aún sigue en alza, día a día y noche a noche, sin saber en qué momento volverá a sonar el teléfono y sabiendo que a lo que ha quedado reducido tu padre es a algo que un sinfín de cagadas médicas (estructurales, de gestión, de comunicación, etc) podían haber evitado, me las reservo. Las compartes con gente que empatiza, que se hace a la idea de qué va esto, que te quiere y en la que te apoyas cuando toda esta mierda vuelve a superarte.

En cuanto a él, está acabando un pequeño libro al respecto. Está exento de todo ápice de tono victimista, es cuidadosamente objetivo y sólo él podría haber hecho una cosa así. Sólo si ya tienes recursos previos a una desgracia así estarás en condiciones de ponerlos al servicio de ella y decir alto y claro que el sufrimiento enseña, y que más vale que tengas las narices de dejarte moldear por él.

En fin, 13 de mayo, ahora acábate.

Blinking lights (for me)

No nos engañemos, hay pequeñas variaciones producto de la historia de cada cual, pero estaremos bastante de acuerdo en que lo que hace que todo esto merezca la pena es básicamente levantarte un día de fiesta por la mañana y poner música, hacerte el café, mirar por la ventana, estirarte y hacer un gran ruidito; la carcajada espontánea con tus amigos, las miradas cómplices en las que no hace falta añadir contenido verbal para entenderse; llenar el lapicero de veinte lápices de diferentes colores, con la punta lista; tu sobrino arrancando hojas de un arbusto y partiéndose de risa; los mensajes inesperados que hacen girar la dirección del día, aunque queden dos horas para la medianoche; comprender la teoría por la práctica; meterte en el ascensor y hacer la performance de tu vida con el temón de turno; desbloquear el sentido del humor, bloquear a quienes carecen de él y lo sustituyen por una permanente necesidad de tener todo bajo control; la jodida herida del dedo índice derecho que por fin cicatriza; en fin, necesidades más o menos básicas, más o menos elaboradas según quieras distanciarte de las connotaciones aprendidas del puñetero lenguaje.

 

Selfcare.

De repente he levantado la cabeza y he pensado que quizá, como posibilidad así muy remota, si apuntaba con la mierda de cámara del iphone saldría lo mismo que estaba viendo. Y no exactamente, pero mejor, incluso. Maldita sea, lo que me gusta la primavera (con el otoño).

spring2015

Hace un par de semanas se me hincharon las narices y bajé a buscar geranios. Hasta entonces sólo tenía puestos dos, los dos supervivientes de dos años de cuidados muy por debajo de lo que necesitaban. Pensé que era hora de llevarles a otros coleguis y, junto con empezar a cuidarme un poco más en cuerpo y espíritu, iba siendo hora de empezar por algo tan básico como cuidar de unas plantas. Geranios, además. Que son un poco cactus y no necesitan casi nada. Shame on me.

Por supuesto, rojos.

El viernes por la tarde asistí al curso que Kelly W volvía a dar aquí. Por circunstancias familiares tengo trato con él muy de primera mano, y eso supone prácticamente el único tipo de ventajas que me da haber nacido de la familia que he nacido. Kelly es una persona con una historia de las que te dejan con el culo un tanto torcido. Gracias a su historia, lógicamente, es quien hoy es. Adicción a un sinfín de drogas, cáncer, suicidio de un hermano, infartos cerebrovasculares de otros dos hermanos a los 30 y 40 años, sin situación laboral mínimamente estable hasta los 45 años. Estaría sumergido en absolutos abismos, es más, como él dice, estaría bajo tierra si no hubiese sido a raíz de encontrar la salida en la investigación, docencia y expansión de ACT. Hoy en día es uno de sus cinco autores más importantes a nivel mundial y es una absoluta delicia oírle impartir docencia y conocimiento. Esta vez incidió mucho en aspectos relativos a epigenética y en estudios que por fin hacen puente entre la psicología y la biología y ponen de manifiesto la clave de los hábitos, mentales o no. De ahí se desliza todo el asunto del autocuidado y la manía, únicamente nuestra entre todas las especies animales, de convertir nuestra vida en una serie de catastróficos hábitos que nos benefician a corto plazo en forma de placer (en forma de alivio, de coherencia con uno mismo, etc), pero que nos destruyen a largo plazo, en coherencia con nuestros valores. Lo que técnicamente viene llamándose análisis funcional de un patrón que no interesa a la persona. Si tuvieras que tratarte a ti mismo al igual que tratarías a la persona que más quieres, ¿seguirías haciendo lo mismo que haces? And so on. En definitiva, para un momento y mira a ver si te estás tratando bien.

Este tipo de workshops suelen convertirse en un valle de lágrimas por parte de los más pusilánimes, lo cual no quiere decir que no tengas derecho a que se te salte una lágrima, pero haz el mísero favor de no montar el pollo llorando a grito vivo, porque no hemos venido aquí a que tú desvíes la atención del resto hacia ti. También son cursos que suponen un toque de atención. Digamos que hacen las veces de esas películas, libros o discos con los que uno reconoce que algo se ha movido en su interior. Desde el ictus de mi padre soy particularmente sensible a todo en general, y veo una estúpida necesidad en tener que ir por ahí dando explicaciones y pidiendo perdón por ese hecho. WTF? Similar, igualmente, a tener que ir dando explicaciones de por qué ahora no me gusta hacer las mismas cosas que hace seis años, a pesar de mantenerme en la veintena todavía. Todo empieza y termina con el respeto, pero no puedes respetar si no empatizas. Somos mucho más nazis de cómo y cuándo hacer las cosas de lo que pensamos. Empezar a convertir ese hábito en otra cosa requiere pasar por un follón de dudas, miedos, inseguridades… aprender cosas nuevas tiene esa otra cara de la moneda. Y por eso mismo, quiero a mi lado a quienes pasan cada cierto tiempo por esos procesos. Los que se permiten dudar, tener miedo, caerse, volver a caerse, exponerse, persistir… y saber que todo hijo de vecino está hecho de lo mismo. No, no tengo ningún problema en reconocer la increíble vulnerabilidad que ahora mismo calzo, de piel hacia dentro. Tampoco me supone terror alguno decir que, de piel para fuera, soy un todoterreno. Y que llevarte a ti mismo con todo el pack es la maldita clave.

Una de las cosas que me regalaron por mi cumpleaños ha sido la guía de The Wire y un libro sobre la cultura japonesa. Estoy justo en ese momento en el que tengo cuatrocientas veces más ganas de leer y aprender que de follar. Y mira, es perfecto.

The Ocean (In Her Eye)

The Ocean in Her Eye es una canción del álbum Trust Us, de Motorpsycho. Motorpsycho es un grupo noruego que empezó a hacer follón en 1989. En abril de 2015 he empezado a escucharles muy en serio. Bárbara, cuando eches un vistazo a tu segunda parte de década de los 20, a la época post-ictus de tu padre, a cuando saliste de la comodidad del estudio como única ocupación vital y te pusiste a currar… acuérdate, por favor, y sé que lo harás, de la increíble dosis de novedad musical que, también en la misma época, te metiste muy a fondo entre pecho y espalda. Están siendo años en los que estoy empapándome a conciencia de un sinfín de grupos que tenía pendientes, o que no me gustaban antes, o que jamás pensé que me gustarían… y lo que está suponiendo eso no tiene nombre. Es jodidamente maravilloso.

Bueno, pues esa canción no es la que más me gusta de ese disco, pero el título me parece apropiadísimo para este post. Me fascinan los ojos. Me encanta (y sí, esto es de muy fucking crazy eyes) fijarme en los ojos de la gente y ser capaz de aislarlos del resto de la cara, de forma que dé igual si el resto de la cara es armonía o no, si el resto es belleza o no, si sus ojos y el resto de la cara, es decir, the big picture, me gusta o no. Perderse en unos ojos es la leche. Y sí, añadan aquí todo tipo de connotaciones cursis, metafísicas, meramente biológicas o, por qué no, hasta religiosas. Ojos. ¡Ojos!

Motorpsycho, en la semana que llevo dándoles caña (y, me temo, enamorándome de ellos), me parecen resumibles en una palabra: registros. Registros y matices. Cumplir 28 años tampoco me ha hecho querer decantarme por las etiquetas para definir a un grupo, escúchalo y déjate de historias. (Progressive/Metal/Jazz/Postrock/Psychedelic rock… escúchalo y déjate de historias).

El Trust Us es el típico disco que a mi, obviamente, tenía que fliparme. Tiene un rollo maravillosamente noventero, de los que se te agarran a las entrañas y sale a pegar un par de gritos absolutamente constructivos. Vortex Surfer es una hija de puta. Atrévete con ella si la definición de la frase anterior encaja contigo, que vas a ver qué fiestón. Qué temón, madre del amor hermoso. Qué maravilla esto de ser lo suficientemente vulnerable para que esto te haga añicos, te revuelva las piezas, te las recoloque.

En otro orden de cosas (y no), he descubierto que mi segunda pasión está ayudándose de nueva investigación y profesionales tratando de hacer puente entre varias disciplinas para definir el tinglado en sí, esto es, de la evolución. En Sydney, 2013 fue donde oí hablar de epigenética por primera vez, de la mano de una bióloga israelí que había ido allí a comentar los puentes entre ésta y la psicología en términos evolutivos y genéticos. Eran puentes que, considerando de entrada lo que la palabra contexto significa, eran de sentido común. Pero había que comprobarlo. La ACBS se está convirtiendo en algo gigantesco e imparable, la ciencia contextual tiene cabida en cada disciplina que al ser humano se le ha ocurrido inventar y, señores, es un orgasmo continuo. Dos años más tarde, esta misma tarde, he cortocircuitado al leer la frase en la que llevo pensando desde que era una cría que en los eternos y aburridos viajes en coche reflexionaba mirando al cielo por la ventanilla (y aprendía a ser una coquera fanática del por qué y a rumiar, de paso): “A cell is a machine for translating experience into biology.”

Voy a devorar toda una serie de la reciente bibliografía al respecto y luego vengo aquí a contar de qué va la vaina, que muero en ganas. Que por fin estemos en condiciones de poder demostrar que los mismos mecanismos por los que funciona la conducta humana sean aquellos por los que funciona la genética, que por fin podamos hablar en los mismos términos en psicología y biología, ser humano en sí, señores, es brutal. Ah, dios, es apasionante.

The great twenty-eight

Cumplir los 28 es escuchar Gold Dust Woman, de los Fleetwood, una y otra vez. Una y otra vez. El Rumours es esa bendición auditiva que resiste y mejora con los años. El disco en sí es una metáfora de corto y cambio, over and out.

También hoy es domingo de resurrección. Menos mal.

Only happy when it rains

El otro día eran las 4 de la mañana, yo me había quedado sin un duro – pero eso sí, tenía centavos – y, tras dejar a mis amigos en un giro de Cibeles con Gran Vía, enfilé hacia el N24. Como siempre, ahí estaba, parado, esperando. Llovía. El tercer día de la típica semana de inicio primaveral en la que llueve todos y cada uno de los días.

Justo cuando me planté en la puerta del autobús y miré al conductor me acordé de que no tenía un duro, ni siquiera unos míseros 50 céntimos. Los jodidos 1’50 euros que me costaba llegar a mi casa en diez minutos no existían. El caso es que lo que podía haber sido un cabreo y un “No me jodas” se convirtió en darme la vuelta, enfilar la capucha sobre los auriculares y la cabeza y tirar, Castellana hacia arriba, andando.

Es curioso cómo de repente te encuentras en una situación en la que el rollo introspectivo se une a una paz monumental. Empezó a caer la de dios y yo, básicamente, empecé a andar aún más despacio. Caí en que llevaba las Dc Martens que me compré cuando aterricé en esta ciudad en 2005, y que siguen siendo la compra más rentable y a la que más cariño tengo hasta la fecha. Y ahí estábamos, ellas, el primer disco de Garbage, la lluvia torrencial, la Castellana desierta y yo. Justo esa tarde había metido en el iPod el primer disco de Garbage, que no me atrevo a calcular la friolera de cuánto tiempo llevaba sin escuchar. Lo que sí que sé es que me maldigo por haber escuchado más el Version 2.0. O quizá es que, como las benditas prioridades, a veces tiene que pasar el tiempo para que cambien y, en este caso, para disfrutar un álbum con un toque distinto. Y claro…

La estampa me flipó tanto que sólo podía pensar en que esos tres cuartos de hora que estaba tardando en llegar a casa estaban siendo lo mejor de la noche. ¡Y del día! Y, seguramente, de la semana.

El pelo chorreando, las botas relucientes, 1995 volviendo a la vida musicalmente veinte años después, el mero hecho de disfrutar de lo que te rodea y yo ya, si eso, feliz; sin querer llegar a casa.

 

‘The Game’

Ha llegado un punto en el que no puedes usar ni una red social sin toparte con un mal mucho, mucho peor que el las galletitas de la suerte: las fotos con frase pseudofilosófica. Al menos las galletas te las daban después de una copiosa comida china. Leías la frase y bueno, creo que fue precisamente en una puta foto con frase fue donde leí aquello de “La psicología positiva entra mucho mejor con el estómago lleno”. Digamos que es una absoluta redundancia. Y digamos que, obviamente, si tengo que leer cualquier sentencia pseudofilosófica/pseudopsicológica prefiero hacerlo con el organismo a tope de azúcar, tras una cascada de orgasmos en el paladar.

En Facebook, Twitter, el estado de Whatsapp, los consejitos del de turno, tal… podrían ofrecer comidas copiosas con cada dosis de autoayuda. Dildos. Drogas. ¿Me oís? Una estrategia maravillosa, sería esa. Aumentaría la credibilidad y el consumo en un 300%.

En fin, teniendo en cuenta que cada vez somos más débiles psicológicamente hablando y, sin embargo, el mundo es cada día más competitivo, el cirio montado empieza a ser de un calibre insoportable. No sé cuántos libros ni cuántas películas habrán hecho ya diversos autores sarcásticos y amargados hasta la médula por este mal insoportable. Leerles suele ser muy reconfortante justo hacia la mitad, que es cuando de los “Joder, yo también pienso esto”, “Joder, así de mierda es tal cosa”, “Joder, estoy viendo a mi futuro yo representado en este personaje que camina despacio en su propio infierno” pasas a sentir que sí, que como asunto descriptivo está muy bien, pero que tú lo que quieres es soluciones. Ideas. Salidas de ese infierno.

Los acosos competitivos son alucinantes. Empiezo a creer que estoy tan obsesionada con ese tema que sólo soy capaz de ver gente vendiendo humo en cada esquina, cada nombre, cada suelo y cada techo.

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Novedosos, especializado, trainer, experto, Doctor. Ésas son palabras con las que he crecido pensando que se referían a lo que realmente significan si uno se pone a buscarlas en el diccionario. Digamos que hay quien se traga el cuento cuando alguien va por ahí diciendo que el comunismo es bueno, o cuando alguien dice que es buena persona y sólo quiere ayudar (y no es familia), o cuando alguien opina que el Estado debe proveer de todo bienestar social en un país sin recursos para ello; yo no. Yo me tragué el cuento de que un profesional que dice estar bien formado es porque está bien formado. A cada uno le llega su(s) particular(es) hostia(s) de inocencia inmaculada.

Cuando te has tirado n años de tu vida (n > 20) tomando por literal una historia, no aprendes la lección en un solo día. Te aprenderás la nueva teoría, pero que la nueva práctica te salga bien te llevará un tiempo considerable que tendrá mucho que ver con qué numero sea ese n años. Let’s practice self-compassion.

En un mundo cada vez más enfermizamente competitivo cabría suponer que el número de individuos mediocres disminuiría. De hecho ese era el argumento principal por el que siempre he apoyado más que rechazado la competitividad. Ayuda al ser humano a especializarse más, sí, pero en un mundo ideal, bajo determinadas circunstancias. En un país de rastreros, de envidiosos, de mediocres acomplejados sólo se dispara el engaño. No hay una base de respeto de lo profesional. No hay una base de esfuerzo. No hay una base de autocrítica, de comprensión del discurso, de comentario de texto. No hay una base de buena discriminación de lo que se oye y se ve, porque el repertorio es básico. Ésas son las jodidas vías por las que un “profesional”, un “experto” tiene vía libre a su mediocre dominio, porque nadie comprueba que sea lo que dice ser, porque nadie intuye que bajo un velo de labia y de manipulación no hay ningún experto.

Ves este tipo de cosas y piensas “quizá sea hora de empezar a venderse, viendo el percal de tanto jeta haciéndolo y poniéndose a tu altura, cuando no lo están”. Y oye, ojalá me hubiesen enseñado a venderme. Ojalá no me hubiese tragado la historia de la certeza profesional a título, y no tuviera que lidiar ahora con la mala hostia que me produce ver la cantidad de hijos de puta aprovechándose de la ignorancia. Y ojalá no fuese verdad que la culpa de la ignorancia la tienen los ignorantes cuando saben que son ignorantes, y nadie más.