Doing the Right Thing

Por tu parto, 2016, caerá un whisky de sesenta y pico grados y un pensamiento recurrente: Well done, B.

Dibujar no es lo mío, aunque sí soy la mejor pareja que puedes tener en el Pictionary. El 31/12/2015 eso de ahí abajo (una ola con pelos) como metáfora de la que venía. Ni en mis peores sueños podía imaginar la fuerza de la ola, a pesar de tener ya experiencia surfeando una muy gorda desde 2013. El mar pensó que no era suficiente. Había que animar aún más la fiesta. Mucho. Más.

El otro día el sombrero seleccionador de la web de Potter me encasquetó en Gryffindor, y yo siempre pensé que era Slytherin. Igual va siendo hora de empezar a creerse lo de valiente. Aunque sólo sea eso. La multiplicidad de roles, la creatividad, el cambio de salud y de placer por el esfuerzo y trabajo 24/7, la improvisación constante, la rabia de lo injusto, el estrés, los fantasmas.

Total, ¿para qué?

Pues para seguir viviendo. Pero no por inercia ni por sometimiento a tu propia inseguridad y miedo. No sé, a mí es que me da pánico morirme y, cuando me acuerdo de que va a pasar, veo cosas.

Estos tochos del personal me gustan, a diferencia de, probablemente, el resto de la humanidad (si no te gusta esta fiesta, ¿por qué estás en ella?). Reflexionar en extremo sobre tu vida puede acabar siendo un combo mortal de insatisfacción crónica, pero no hacerlo en absoluto genera otro combo mortal de congelación paralizante.

2017 es la Cifra. Viva el 7. Gané cien pavos con la lotería por escoger el único décimo que había que tenía un 7. Nací en el 87. Mi número es el 7. Edad mental de 7. Tengo 7 supersticiones (la séptima, el número 7). Me caes bien, tienes algo.

Boston. Harvard Medical School. Quizá hasta 2/3 tesis. Más docencia en la universidad. Más MICPSY. Los 30. ¿Sentar cabeza?

surfinthe2016

Passes by

Le conocía desde hacía ya años, bastantes años, básicamente, una década. El hecho de compartir ciertas inquietudes, leer cosas parecidas, escuchar música casi idéntica y quizá ver cine similar había provocado que el uno con el otro tuvieran cierto fluir, cierto interés. Con el paso de los años había advertido en él que, cada vez más, parecía que iba disminuyendo esa serie de motivos por los que saltaba de la cama – gesto de por sí valiente, hay que decirlo. La rigidez se iba imponiendo a la flexibilidad; las cosas eran como eran y, cada vez menos, tenía capacidad para abrir un poco más el abanico de elasticidad. Parecía que ciertos sentimientos, en su día dejándolos campar a sus anchas, ahora los aniquilaba en cuanto los notaba apenas diez segundos. El trasfondo de esto, quizá, era una insatisfacción con su tren de vida.

El hecho de no exponerte a determinados riesgos, no estar dispuesto a sumergirse en desafíos que no estén arropados bajo un ciento por ciento de seguridad y certeza tiene como consecuencia la apatía, el aburrimiento, el sin sentido y, si uno de por sí está acostumbrado a tener normalmente la razón, que se dispare la rigidez.

Cada vez que le veía se le cruzaba un pensamiento por su cabeza: ¿Y si?

Algunos intentos, cogidos a mal tiempo, habían dado la sensación de que era algo imposible, de que parecía producirse ese rollo de personalidades incompatibles. El uno, tirando a pasivo. La otra, tirando a activa. En un mundo en el que, desde que la humanidad es moderna, se tiene esa necesidad de categorizar y encajonar cada uno de los fenómenos para poder dormir tranquilo por las noches, caer en ese tipo de casuística para poner límite y traba a las cosas era la norma.

Mientras tanto, todo el mundo se hace viejo, está más cansado y quizá asuma que ciertos fuegos sólo están condenados a apagarse precisamente por no haber querido inmiscuirse de lleno en ellos.

¿Y si? Ella, a su modo también rígida, se había rendido a la categoría que le había proporcionado a la personalidad de él, como límite – Demasiado pasivo con la vida, conmigo; está, finalmente, desinteresado…

Existe un lugar, un espacio físico invisible en el que pueden unirse todas las categorizaciones entre dos personas. Las buenas, las malas; todo en uno, dejar que la risa se produzca y, con ella, venga asumir que así es, y así debe ser si algún fruto pretende salir de esa tierra.

Stop. Continue.

A falta de un mes para cumplir el último de la veintena. No paras. En mes y medio has creado una empresa, has firmado un contrato de alquiler de dos años para la oficina, has iniciado las obras, has comprado un sinfín de muebles, estás elaborando la web, te has comido la sesera días y noches con licencias, negociaciones, asesores, notarías; has mezclado todo eso con una guerra monumental en la que sólo participas por ser familia de, te has hecho una auténtica experta de la negociación, de la estrategia que cambia cada día. Has flipado con la capacidad creativa y de adaptación que tienes – todo ello en letargo por la famosa crisis que, sobre todo los de tu generación, calzan en algún momento (o varios) de su vida, el “Quién soy, qué quiero hacer, qué voy a hacer”. Todo era cuestión de sentarse, tomar una decisión y, sin más, ponerse a ello.

Y en mes y medio, dios mío lo que hemos hecho. Lo que hemos aprendido, lo que nos hemos probado, los precipicios a los que nos hemos lanzado, lo que nos hemos conocido. El matrimonio a tres que hemos creado. Lo extensa que puede llegar a ser la capacidad creativa, cuando dedicas el 100% de tu tiempo a ello. Bueno, el 98%. El 2% sabes, entonces, muy bien en qué gastarlo. Muy. Bien.

Nunca antes me habían dado un toque mis amigos. Dónde estás, cómo te va, en qué punto vas, estás bien, no das señales de vida. Llevo dos meses corriendo, pensando, trabajando… presión, miedo, incertidumbre a toneladas. Y sin embargo, ese carácter diferente que esta vez le caracteriza. Una presión que al final del día sabe bien. Sabes que, pase lo que pase, esto equivale a otras tres carreras universitarias.

El fin de semana me quedé en casa, por agotamiento físico y mental. Ese 2% que tenía que ocupar en equilibrar la balanza lo gasté en dormir bien, cuidar un orzuelo, leer y, oh dios, guardar todas las publicaciones de allí donde empezó todo esto de poner en palabras algunos asuntos, el fotolog. Me enteré de que iban a cerrarlo, que tenía dos horas para sacar de ahí lo que fuera, y mi sábado noche consistió en los dos discos de Dover que merecen la pena y en un Word absolutamente quemado a base de paste, paste, paste…

Qué viaje. Y qué vieja, ahora. Y qué bien. Y qué mal… y qué paradoja, como siempre, como todo. Qué tontos éramos, qué inocentes teníamos y debíamos ser. Qué frescura, y qué de interrogantes, con sus respuestas a base de florituras y pajas mentales para un, a estas alturas, facilísimo cubo de Rubik. Qué pocas barreras para la exposición, qué lanzadera para conocer nuevos individuos, nuevos puntos de vista y nuevas experiencias. Qué enredada gestión de las cosas, y qué provechoso que, expuesta por tal vía, otras cosas surgieran y salieran a flote… para llevarte a otras, y ser a día de hoy quien eres.

Andrés ya anda, cual niño teledirigido. No tengo palabras para la sensación que conlleva llevarle de la manita, dando un paso, y luego otro. Menos aún cuando el tío se va descojonando por el camino. Superior.

Y, como él, toca sacar este proyecto a flote. Toca hacer mención a todo el conocimiento acumulado, a la claridad con la que parecemos ver las cosas, a indagar en los interrogantes que inevitablemente siempre surgen, a salir al campo a jugar este partido como niños. A saber la de kilos de responsabilidad que tienes en los hombros, y a no olvidar la edad que tienes y quién, en cuanto cruzas el umbral de aquí trabajo, aquí resto de las cosas, también eres. A empezar a vislumbrar en quién te estás convirtiendo, la cantidad de aprendizaje a marchas forzadas que estás ingiriendo, la de recursos que uno saca a flote con muy poquito que se lo proponga; y a no perder el Norte. O a perderlo, en algún concierto de Eagles of Death Metal que… justo, justito, tienes la semana que viene.

Y a mudarnos, a una nueva casa, por nueva época. ¿Atocha? ¿La Latina? ¿Embajadores? Apetece, como cambio.

Draft saved? Venga, hoy sí.

Es la hostia, dejarse moldear.

The Decemberist

She said
“Luck is all you make it
You just reach out and take it
Now let’s dance a while”

She said
“Nothing ever happens
If you don’t make it happen
And if you can’t laugh then smile”

But after a while
You realize time flies
And the best thing that you can do
Is take whatever comes to you
‘Cause time flies

A veces pasa. No es que no escribas, es que lo escribes lo guardas en Borradores y ahí se queda. Suelen ser temporadas en las que te exiges lo que está muy por encima de lo que puedes exigirte, y, simplemente, aguardas.

Esa letra es todo lo que necesitas para empezar una época en la que añades un número distinto a un año, hasta el siguiente. Sobre todo cuando todos y cada uno de los ámbitos de tu vida son pura y dura incertidumbre.

Si hay algo de lo que tengo certeza, ahora mismo, es de la inmensa mayoría de las veces decimos y hacemos las cosas sin tener ni pajolera idea de lo que estamos diciendo o haciendo. Ser conscientes de ello suele venir tarde, a veces muy tarde; reaccionas como medianamente puedes, y a improvisar una vez más. Que todos los conflictos de la raza humana vengan de eso es un poco ridículo y no dice mucho de nuestra especie a largo plazo, pero así es.

2015 ha terminado con The Decemberists a todas horas, desde, y juro que sin darme cuenta, diciembre. Hace dos días, desayunando, cotilleaba el libro de Historia y Geografía de 4º de la ESO, a ver qué recibía doce años después. Y entonces, en una esquina, leo quiénes fueron los decembristas. Jé. En fin, escuchad Hazards of Love. Vaya puta obra de arte.

Tomar decisiones y arriesgarse cansa una barbaridad, pero desde luego cansa menos que no tomar ninguna.

Así que nada, punto y seguido, pero de un capítulo completamente distinto. Let’s dance the warrior.

A veces hay que decírselo a uno mismo delante del espejo, y esta vez toca: Ole mis huevos, que ni ha sido, ni está siendo, ni será fácil.

Pointe shoes

Es sábado y te levantas a las diez. ¿Salir el viernes, vía órganos reproductores manifestando su inutilidad al no haberles dotado de esperma con el que desarrollar un feto? Es dramático, así me imagino al útero cada vez que tiene (oh, pobre) que andar dos o tres o cuatro o cinco días al mes retorciéndose y expandiéndose para soltar todo el alimento que debería haber ido encaminado a crear vida humana, mientras una tiene que tirarse dos días proclamando que no existe suficiente Ibuprofeno en el mundo para aguantar tal protesta. Las conversaciones cuerpo con cuerpo deben ser producto de la familiaridad, supongo. Al fin y al cabo, es un poco como cuando te miras los pies, ahí, elevados sobre el sofá. Nadie les hace ni puto caso. Al menos no reivindican sus derechos cada puto mes. Vivan los pies. Y las noches de viernes en casa viendo las pelis de Star Wars. La semana pasada dije basta y por fin me puse a ver el episodio I al III. Un coñazo soberano considerable, exceptuando quizá la III y la carrera de vainas del I. ¿Y que Anakin se pase al lado oscuro de aquella manera? Si dejas un momento de lado lo mal actor que es y te centras en cómo podían haber desarrollado mejor tal conversión, teniendo en cuenta que es El Momento Crucial, teniendo en cuenta la de chicha psicológica que tiene todo el argumento de la saga con las metáforas de la Fuerza con el bien y el mal, dejarse llevar por emociones VS no, etc, pues joder, tíos, no era tan difícil haberse currado esa parte un poco más. Hasta hacerla, no sé, ¿creíble?

Bueno, ahora estoy con las antiguas, que no recordaba ni quién coño era Han Solo. Y hablando raro, también. Vaya pasada de pelis.

Si te levantas un sábado a las diez y es otoño (me voy a mantener meteoróloga y marica hasta que me cambie de casa, lo veo: es mirar por la ventana y observar el desarrollo de las estaciones en función del estado de los árboles, coloriiiiiiiineeees) tienes que enchufar The Cure. Es uno de los pocos grupos de los que me gusta escuchar el típico Greatest Hits. Entre otras cosas, porque después viene el mismo disco en acústico.

La semana que viene dos amigos y yo tenemos una cita, y la semana siguiente otra. Después de esa segunda habremos formado algo que significa un punto de inflexión en mi vida y dios dirá qué coño pasa a partir de entonces. Tengo tanta ilusión como miedo. Ahí, a partes iguales luchando en mi cabeza, un poco como el clima inglés un dulce día de junio que no lo es.

Hace tiempo mi madre me dijo que lo vital en una relación era admirar a la otra persona, por lo que fuera. Que admirases algo que fuera más allá de lo que es naturalmente efímero a través de los años.

Shadows, de Warpaint, es maravillosa.

Me voy a hacer la compra.

Click.

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Comienzas a teclear y los bordes de la página desaparecen, dejándote un espacio blanco mucho más limpio para, intuyo, favorecer la desconexión e inspiración. Ja. Todo eso viene cuando no tienes dónde escribirlo. Cuando estás a otras mil cosas que harán que se te olvide todo eso que realmente quieres decir. Y así…

Tiene gracia, porque mientras tecleo lo que sea que salga de aquí y que probablemente se quede en la carpeta de borradores escucho una lista de reproducción que viene de un cd que me dio un tipo del que a los treinta días no quise saber más, por aquello de un ego que no le cabía en el cuerpo y una falta de contacto con aquello que veía y le decía el resto de seres humanos del planeta. Sin embargo, tenía – y, supongo, tiene – un gusto musical que hacía que el mío se expandiera, y bueno, mira, no hay mal que por bien no venga. El cd en cuestión tiene canciones absolutamente variopintas, pero deliciosamente bien escogidas. Habrán pasado cuatro años y sigo poniéndolo. Well done, boy.

También, cada vez que paso por el salón, deshaciéndome en ese instante del piloto automático, me fijo en el reloj derretido de la estantería. El reloj del cuadro de Dalí, hecho reloj de carne y hueso. Me lo regaló esa persona con la que convives seis meses y la relación es un auténtico estallido del buen in crescendo. A pesar de que casi dos mil kilómetros de distancia estaban destinados a hacernos ver que aquello daba de sí lo que daba, me dejó una sorpresa en medio de un cúmulo de detalles que, cuando otra persona me la entregó, me tuve que sentar diez minutos a respirar y cavilar. El reloj derretido del cuadro de Dalí y una carta escrita a mano.  (…) For the time we spent together, the great memories, the endless conversations until after the sun comes up and the general loss of time you made me experience while I was with you.

Cada día me reafirmo más y más en que, por todas las razones del mundo aplicadas en todos los ámbitos que se te ocurran, al final la clave es el momento y el lugar. Es decir, las circunstancias. Tú no eliges cuándo te pasa lo bueno ni tampoco eliges cuándo te pasa lo malo. Puedes hacer malabarismos y romperte el cuello para favorecer tanto lo uno como lo otro, pero al final queda ese porcentaje de lo que no controlas. Quizá sea estúpido, quizá sea insensato, quizá sea completamente ilusorio, pero tengo ganas de que vuelva a ser el momento y el lugar. Y a veces hay que agarrar las cosas con tanta, tanta fuerza…

Calor.

Descubrí a Nudozurdo hace casi dos años, en unas condiciones, supongo, óptimas para que el grupo me calase en lo hondo. Sintética me parece un disco redondo, ferozmente intenso y al que acudir cada cierto tiempo, como para poner una lavadora de sensaciones y quedarte ahí, de pie, viéndolas dar vueltas. Me fascina.

Estoy a punto de irme de vacaciones fuera de Madrid y eso, cada año, supone mi particular Nochevieja. Me temo que los años siempre comenzarán en septiembre, con el otoño; al menos mientras viva en Madrid. El sábado le contaba a gente que acababa de conocer que ya llevaba nueve años en Madrid. Nueve… y que el siguiente será el décimo. Madre del amor hermoso, me quedé petrificada al contarlo.

Me siento rara. Kamikaze. En general. Creo que conociéndome, en dosis muy bestias y llenas de una transición en la que ni siquiera conozco la dirección. Supongo que por eso apenas escribo. Total, ¿qué decir? Siempre con la sensación de que aún no, de que aún tiene que pasar para que sepa qué y cómo decirlo.

Toma Actimel

Llevo unos días con Pillars, The Prophet y Beautiful One una y otra vez, una y otra vez… Y no sé, doctor, pero yo creo que este virus se mantendrá latente de por vida y tendré que empezar a convivir con él. Saludándole cuando aparezca. Respirando libre cuando desaparezca. Hay cosas que sencillamente se meten bajo piel y no puedes esperar a que desaparezcan para siempre. Por mucho que mantengas tus defensas a raya, llega la recaída, porque de eso está hecho vivir, y… I’ve seen a million things that tell me so.

Stimulus control

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Esa foto es de hace un par de días. Estás volviendo a casa, prácticamente corriendo, viendo desde abajo la que se avecina. Justo ese momento en el que todos los árboles están haciendo la danse macabre con el viento que se acaba de levantar y que sugiere que hagas el maldito favor de ponerte a buen recaudo. Y entonces, ya en piso 13, cierras la puerta, miras hacia las ventanas y FLIPAS.

“The storm is not the weather…” dEUS dixit en la segunda canción del que ya es mi disco preferido de ellos, el Pocket Revolution. Es absolutamente paradójico que te encanten las tormentas que sólo tocan en morbo, esto es, disfrutando del espectáculo del follón de rayos, truenos y relámpagos mientras te regocijas en la sensación de estar resguardado bajo algo que, en teoría, te exime de que te alcance uno de esos rayos. Cómo cambiaría la escena y el festival de sensaciones si estás expuesto a la posibilidad de que te alcance uno y lo sabes, ¿eh?

Dave Grohl se partió el peroné en dos el otro día, durante un concierto en (la puta) Suecia. Esto significa que han cancelado el concierto en Wembley al que íbamos a ir este sábado, bueno, aplazado a ya veremos qué fecha. Anyway, finde en Londres igualmente, no la piso desde 2010 y de todas formas empezaba a necesitar salir del país a la de ya, de nuevo. Esa especie de petardo urgente que pita cuando pasa un máximo de seis meses sin atravesar la frontera. Empiezo a pensar que los conciertos de Foo Fighters no van a ser tales sin una pierna hecha polvo de por medio. La tontería (maravillosa) de organizar el viaje y expedición a Wembley me hacía especial ilusión porque en 2011, recién operada de la rodilla, tuve que verles en el Palacio de los Deportes apoyada en una valla y sin moverme, maldiciendo al universo toda esa gentuza vibrando y saltando durante las tres horas de conciertazo que se marcaron. Ahora que la rodilla está todo lo bien que puede estar resulta que es Dave quien se hace el cristo. Ah, Murphy. Da igual, iremos igualmente a la nueva fecha que pongan y la coña será que, en compensación, éste se marcará un concierto de cuatro horas en Wembley. Seguro.

Han pasado unas cuantas cosas últimamente, hay varias tormentas encima, de las de verdad, de ésas con las que te juegas la cabeza y el futuro, pero de tanto en tanto hay quien te recuerda el Norte y entonces, bueno, otra vez en camino. Otras cosas son que Andresito ha aprendido a pellizcar y lo hace con alevosía, Android llegó a mi vida y Iphonito descansa en un cajón tras rematar la faena haciéndole un Picasso en la pantalla tras darse la hostia final, en España existen los Jarvis Cocker de ojos claros y This Is Hardcore estuvo sonando a todas horas durante una semana entera (además, viene que ni pal pelo con las tormentas), y… la última locura desde hace media hora es que, ya que me quedo sin Wembley y no veo ningún festival que me tire en demasía, dEUS toca el 26 de julio en Milán por 17 pavos, la ida y la vuelta cuesta 60 eurines y ea, ya la estoy liando.

Tengo unas ganas de ver a dEUS que me cago en Dios de gusto, así de simple.

A Midsummer Night’s Sex Comedy

Todo está en The Wire, en Las Partículas Elementales y en Six Feet Under. Obviamente esto es una forma de decir que todo significa que en ese trío de obras encuentras a la condición humana expuesta sin tapujos, de forma directa y sin pajas mentales que sean producto de buscar valores espirituales para acostarse más tranquilo por las noches, creyéndose que el ser humano, en fin, quizá tiene algo de mágica bondad.

Por supuesto que otras obras maestras de otras épocas referidas a otras sociedades hacen las veces de que todo esté en ellas, pero en este caso esas tres reflejan lo que concierne a la sociedad actual. Y de qué forma, dios bendito.

Me leí Las Partículas Elementales con veinticuatro (estúpidos) años. Las largas horas de postoperatorio tras la catástrofe de la rodilla hicieron que me lanzase a por él, previo alucine con Plataforma. Ahora que estoy leyéndolo por segunda vez sé que no me enteré ni de un tercio de lo que contaba. Es un libro para prácticamente memorizar cada párrafo. Es la cruda y dura realidad de cómo las circunstancias moldean al hombre, pero en un análisis tan exquisito que bendito seas, Houellebecq, por haber tenido la vida de mierda que has tenido y que ha hecho que tengas ese ojo y escribas de esa forma. Básicamente, a eso de “¿Libro preferido?” le sigue un “Las Partículas Elementales“.

El otro día iba en el bus volviendo a casa, a eso de las ocho de la tarde. El verano y esta temperatura soporífera hacen que el metro huela espectacularmente mal, y no apetece subir ni una sola escalera. El bus está fresquito y permite ir cotilleando calles y gentuza varia. El 3, que recorre parte del centro de la ciudad, es uno de mis preferidos para este último cometido. La fauna y flora que se observa es de tal nivelazo que parece un tour por el zoo, montado en tu cápsula. Ya desde pequeña me paso horas observando a la gente. Aprendes muchísimo. En un momento dado subió una pareja, suecos o daneses, intuyo. Probablemente residiendo en Madrid. Ella, catatónica, alta e inalcanzable. Muerta por dentro hasta que se inyectase su dosis de Martini. Él, la razón de por qué he empezado a leer de nuevo Las Partículas Elementales. Según le vi me llamó la atención el kilo y medio de gomina que llevaba en la cabeza. Un peinado de esos con todo el pelo hacia atrás, ni tres litros de saliva conseguían ese efecto infranqueable. Cuando viví en Holanda me quedé impresionada de que todos los supermercados tuvieran un pasillo entero de gominas y ceras para el pelo. Sorprendentemente, más dirigido a hombres que a mujeres. No recuerdo quién, pero alguien me contestó a ese asombro algo así como “Dutch people. They’re way too focused on their hair“. En el norte de Europa proliferan los tíos estéticamente tía. Ya me tocó vivir esos siete meses con un sueco que llevaba bolso de mujer. Hasta el último día aposté que, a pesar de que su novia (una palurda histérica que residía en Suiza haciendo cualquier Master Degree de ésas que van encaminadas a que la niña perpetúe la inmensa riqueza de sus padres) le visitó varias veces, el tío era gay. No había más que verle, bailando en la cocina la increíble mierda de música electrónica holandesa mientras pegaba grititos, despertando a todo el mundo. Además de esto el tío me caía no mal, peor. Se creía por encima del bien y del mal y se ocupaba de hacértelo ver a cada oportunidad. El nórdico de los tres kilos de gomina que entró al bus me hizo pensar en lo segura que estaba de que sería una de esas personas que no soportan tener nada que no esté bajo su control. Me los imaginé a su novia y a él follando y, simplemente, le vi a tres años luz de dejarse sacudir y permitir que un solo pelo se saliese de su sitio. Le vi tratando de convencer siempre a todo el mundo de cómo tenía, debía tener razón sobre cualquier cosa. Le vi agarrado a la necesidad de ser Mr Perfect, y aunque probablemente su novia fuese igual que él, me dio pena. Y una pereza monumental.

Bueno, Las Partículas Elementales. Bendito Houellebecq.