Calor.

Descubrí a Nudozurdo hace casi dos años, en unas condiciones, supongo, óptimas para que el grupo me calase en lo hondo. Sintética me parece un disco redondo, ferozmente intenso y al que acudir cada cierto tiempo, como para poner una lavadora de sensaciones y quedarte ahí, de pie, viéndolas dar vueltas. Me fascina.

Estoy a punto de irme de vacaciones fuera de Madrid y eso, cada año, supone mi particular Nochevieja. Me temo que los años siempre comenzarán en septiembre, con el otoño; al menos mientras viva en Madrid. El sábado le contaba a gente que acababa de conocer que ya llevaba nueve años en Madrid. Nueve… y que el siguiente será el décimo. Madre del amor hermoso, me quedé petrificada al contarlo.

Me siento rara. Kamikaze. En general. Creo que conociéndome, en dosis muy bestias y llenas de una transición en la que ni siquiera conozco la dirección. Supongo que por eso apenas escribo. Total, ¿qué decir? Siempre con la sensación de que aún no, de que aún tiene que pasar para que sepa qué y cómo decirlo.

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